Hay escalas de tensión y la que ejerció el ambiente sobre Xabi Alonso llegó hasta límites intolerables
Durante varios meses, el “partido a partido” de Simeone, era el plazo que se le concedía a Xabi para sobrevivir. “Si gana sigue, si pierde cae” parecía ser el mantra con el que aprendió a convivir él y la desconcertante opinión pública, que miraba el espectáculo de supervivencia con perplejidad. La muerte de un moribundo no debería sorprender a nadie, pero cayó Xabi Alonso tras la Supercopa y pareció que nadie lo es...
peraba. La historia no se entiende mientras está sucediendo y, en el territorio del fútbol, todo el tiempo están pasando cosas. Analizar con perspectiva es un lujo casi imposible. Más aún en el Madrid, donde las noticias se atropellan.
Suponíamos que, tras la Supercopa, Xabi seguía caminando sobre arenas movedizas, pero que perder con honor le permitiría mantenerse un tiempo más. Pensamiento fallido porque, en el Real Madrid, perder y honor son verbos que no deben conjugarse juntos. Pesada condena y principal motivo de su competitividad.
Xabi vivió su experiencia en el Madrid con incomodidad. El arte de esquivar la presión que suele ejercer Florentino no la manejó con la soltura que yo imaginaba. Ni siquiera cuando encadenó varios triunfos seguidos, al comienzo de la Liga, se sintió seguro. Sus decisiones se debatían, algunos jugadores se rebelaban y el club, en voz baja, sembraba dudas sobre el rumbo, la relación con ciertos jugadores o la preparación física. La presión mediática actuaba como reflector, pero el peor ruido del Madrid viene de sus pasillos: comentarios, trascendidos, advertencias. Cualquier entrenador que pretenda interpretar lo que escucha antes de lo que ve, se confunde, si no enloquece. La tensión inherente al cargo, se me dirá. Pero hay escalas de tensión y la que ejerció el ambiente sobre Xabi llegó hasta límites intolerables. Por reflejos, cansaba hasta a quienes seguíamos las noticias.







