Para apoyar la democracia en Venezuela acaso debemos promover un próximo Nobel para Delcy Rodríguez
Todos guardamos trofeos de barrio, de cuando ganamos un concursillo en la fiesta de fin de curso o nuestros hijos recibieron el diploma de natación. Tesoros íntimos que crían polvo en los cajones de casa como prueba de una vida con fogonazos de una alegría más grande que cualquier gordo de la lotería. No es que fueran pequeños pasos para el hombre y grandes para la humanidad, claro, sino todo lo contrario: inanes para los demás, enormes, pura ilusión para la historia íntima de aquellos a los que amamos.
Nada de ello se parece a un Nobel de la Paz, cierto, pero lo defenderíamos de cualquier caso con uñas y dientes. Pobres de los extraterrestres que quisieran invadirnos. Por ello es esperpéntica la humillación de María Corina Machado, que entrega su galardón al emperador de este nuevo régimen absolutista, doblegada, a cambio de unas migajas o nada.
Y no estamos ante una premiada que se desprende generosamente del trofeo para dedicárselo a las víctimas por las que lucha, no, sino ante el vasallaje, la rendición ante el autócrata que va a dictar el futuro de Venezuela. Se llama adulación, soborno, indecencia.








