En esta cuarta entrega, hay mucha más violencia explícita, infinito gore y un tono más dionisiaco y efervescente, aunque con secuencias a menudo demasiado largas
Ahora las películas de sagas terminan como un episodio de televisión de fin de temporada: abriendo boca para la nueva secuela, pero en anticlímax. 28 años después, estrenada hace apenas siete meses, resurrección de una estupenda franquicia de zombis de la primera década de los 2000, conformada por
5.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/diario/2003/04/25/cine/1051221611_850215.html" data-link-track-dtm="">28 días después y 28 semanas después, culminaba con un epílogo que devaluaba un tanto lo visto hasta entonces —una aguerrida película de terror folclórico de tradiciones paganas—, y auguraba una nueva entrega con unos protagonistas sin demasiado carisma y un estilo formal distinto.
Aquel presagio se cumple casi a rajatabla durante los primeros 70 minutos de 28 años después: El templo de los huesos, en la que Nia DaCosta sustituye a Danny Boyle en la dirección, con Alex Garland una vez más al frente del guion. Aquí hay mucha más violencia explícita, infinito gore y un tono más dionisiaco y efervescente, aunque con secuencias a menudo demasiado largas, comandadas en el relato por un grupo sin excesiva personalidad: unos cafres más o menos inspirados en la enervante pandilla de La naranja mecánica, vestidos de teletubbies, con colores chillones, pelucas rubias y collares de oro. Garland enlaza con gracia con la primera secuencia de 28 años después, en la que un grupo de críos sufría una matanza zombi mientras disfrutaba de la ingenua serie de televisión, pero a cambio se le desequilibra demasiado el relato porque la comparación con la segunda gran trama de esta nueva entrega, la del médico solitario que interpreta el formidable Ralph Fiennes, se hace aún más patente.








