España lleva desde hace más de 72 horas hablando de las denuncias de varias mujeres que trabajaban para el cantante Julio Iglesias. Pero hay escenarios de terror que no tienen lugar en ninguna mansión

Una mujer consigue trabajo. Para ella es la única oportunidad de salir de la pobreza, de iniciar un camino que le dé, quizá, un lugar en el mundo. Cuando llega, en aquel ambiente laboral se respira impunidad y cautividad. Podrá salir de allí cuando él, su jefe, lo estime oportuno. La libertad de movimiento no es una opción, sino el capricho de quien la ha contratado con unas condiciones y unos horarios que espantarían a cualquier abogado laboralista. Pero qué va a saber ella, si solo quiere dejar de ser pobre, si solo le han hablado de obligaciones y no de derechos, si es que los tiene. ...

De vez en cuando, su jefe la agrede sexualmente, hace lo que quiere con ella, porque para eso la ha comprado, piensa él. A ella o a algunas de sus compañeras, sometidas a las mismas condiciones de trabajo. Ella no quiere porque sabe que eso no es para lo que la han traído a este lugar de trabajo tan apartado, en el que se siente tan sola. Pero el jefe le advierte de que, si protesta, se niega o si se le ocurre contárselo a alguien, perderá el empleo, a lo mejor también el salario, y si se pone especialmente tonta, la denunciada podría ser ella y se sabría que no tiene papeles.