El pequeño paraíso del Índico, conocido por albergar numerosas especies endémicas, ha sufrido importantes agresiones medioambientales desde que estalló la guerra en 2014

Hasta hace muy pocos días, Socotra no había aparecido en las páginas de información internacional. Este paradisiaco archipiélago yemení del océano Índico, cercano al golfo de Adén, merece normalmente espacio en las revistas de viajes o en las guías turísticas. Pero a finales de diciembre, unos 600 turistas, 20 de ellos con nacionalidad española, se quedaron varados en este lugar, debido a las tensiones entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, aliados que ahora tienen intereses diferentes en el sur de este país, devastado por 10 años de guerra civil. Hablar de Socotra y de cómo evacuar a estos extranjeros atrajo indirectamente la atención sobre otro tema hasta ahora eclipsado: cómo su biodiversidad única y abundante, que hizo que fuera considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008, estaba sufriendo agresiones que pueden ser irreversibles.

Socotra está a unos 250 kilómetros de las costas de Somalia y a más de 300 de las de Yemen. Su posición es estratégica dentro del tráfico marítimo mundial por estar entre el golfo Pérsico, el mar Rojo y el océano Índico. Desde 2020, Socotra se encuentra dirigida de facto por un grupo separatista, el Consejo de Transición del Sur (Southern Transitional Council, STC), apoyado por Emiratos, que han contribuido financieramente a la reconstrucción del aeropuerto y otras infraestructuras. Estas inversiones, muchas de ellas contrarias a las recomendaciones de la Unesco, provocaron indirectamente la llegada en masa de turistas y, por tanto, de ingresos.