La oferta de reunión con Washington anunciada por Trump podría ahondar la pugna entre pragmáticos y ultraconservadores en un sistema político muy debilitado por las protestas

El 20 de julio de 1988, el entonces líder supremo y fundador de la República Islámica de Irán, el ayatolá Ruhollah Jomeini, compareció en la radio nacional para anunciar el final de la guerra con Irak. Lo hizo comparando esa decisión con “beber una copa de veneno”. Jomeini sabía que, tras ocho años de guerra y más de 200.000 militares muertos, la supervivencia de su régimen dependía de apurar ese cáliz hasta la hez. Esa frase, anclada en la memoria colectiva de los iraníes, bien podría aplicarse ahora a la República Islámica, destacaba este lunes en X el exjefe de la inteligencia del ejército israelí, Danny Citrinowicz. Un régimen enfrentado a unas manifestaciones que este lunes aseguró tener “bajo control” —a golpe de represión— y bajo la amenaza de un nuevo ataque de Estados Unidos, o acomete “cambios drásticos” en sus políticas —la “copa de veneno 2.0”, la define el analista— o afrontará la desaparición, si no en estas protestas, en otras, pronostican este y otros expertos.

Uno de esos cambios puede ser respecto al programa nuclear iraní, del que Occidente teme que tenga como objetivo obtener armas nucleares, algo que Teherán niega. Este lunes, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha declarado que su país está abierto a negociar con Estados Unidos, durante una reunión con diplomáticos de la que informó el canal catarí Al Jazeera. La víspera, Donald Trump había asegurado a bordo del Air Force One haber recibido una oferta de las autoridades iraníes para “negociar” sobre ese programa. El presidente de Estados Unidos no descartó por ello opciones militares o de otro tipo “muy fuertes” contra el país asiático —dijo— incluso si llega a concretarse ese posible diálogo.