La compra de Versace le permite controlar una de las marcas más icónicas de la industria, ganar escala, diversificar públicos y reforzar el peso del ‘made in Italy’

La moda italiana llevaba años esperando un movimiento así. La reciente adquisición de Versace por parte de Prada no fue solo una de las operaciones más relevantes de 2025 en la industria del lujo, sino también un paso con gran simbolismo: una de las marcas más icónicas del sector vuelve a manos italianas y pasa a integrarse en un grupo que aspira a jugar en la misma liga que los grandes conglomerados internacionales que dominan el mercado.

La compra de la totalidad de Versace, hasta ahora propiedad de la estadounidense Capri Holdings, por 1.375 millones de dólares, amplía considerablemente el perímetro del grupo de Miuccia Prada y Patrizio Bertelli. Además, une dos visiones opuestas, y al mismo tiempo complementarias, del lujo italiano: por un lado, el minimalismo, la sobriedad y la discreción creativa de Prada y por otro, el exceso, barroquismo y espectacularidad de la marca de la medusa. La operación marca el inicio de una nueva etapa para el grupo, que aspira a crecer sin diluir la identidad histórica de sus marcas y a reforzar el peso de Italia en un mercado global cada vez más concentrado y dominado por colosos franceses, como LVMH o Kering.