Un ensayo narra la evolución de los potenciadores de rendimiento y de la lucha y las contradicciones de las normas que buscan su fin

Las ansias de éxito pueden dar lugar a la búsqueda de atajos para lograrlo. Algo se olían los organizadores de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908: fue la primera cita olímpica en la que se incluyó una regla que decía que el uso de cualquier fármaco conllevaría la descalificación. La norma atañía únicamente a la prueba de maratón, no definía lo que se consideraba fármaco y lo que no y su aplicación era a ojo de buen cubero: no había forma científica de identificar su uso. El atleta italiano Dorando Pietri entró en primer lugar en el estadio. Iba tan desorientado que corrió en el sentido contrario de la pista. Tardó 10 minutos en cubrir los últimos 350 metros. 75.000 personas lo ovacionaron al entrar en meta y proclamarse ganador. Fue descalificado por consumir estricnina y atropina. La dosis fue tan alta que puso en riesgo su vida. La decisión de los organizadores enfureció a la opinión pública. Pierre de Coubertin lo consideraba “el ganador moral”, y Arthur Conan Doyle impulsó una colecta para que Pietri pudiera abrir una panadería en su pueblo natal.