El éxito del pasaporte biológico depende de un secretismo, un silencio y una mecánica que limitan los derechos de los deportistas

Un muro de discreción y mínimas fugas rechaza todas las pesquisas para profundizar en el pasaporte biológico de Oier Lazkano --¿cuándo? ¿cuánto? ¿cómo? ¿dónde?—y las estrategias ante el juicio que decida su culpabilidad o inocencia de su defensa –el abogado véneto Fabio Pavone, que se cuida de los intereses y problemas de todos los corredores representados

"https://elpais.com/deportes/2019/08/24/actualidad/1566674751_856479.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/2019/08/24/actualidad/1566674751_856479.html" data-link-track-dtm="">por el mánager Giuseppe Acquadro, como Nairo Quintana entre otros--, de la acusación –International Testing Agency (ITA), la compañía a la que la Unión Ciclista Internacional (UCI) ha subrogado los asuntos de dopaje—y de Movistar y Red Bull, los equipos del ciclista vitoriano los últimos cuatro años.

El mismo mutismo, casi, frena al periodista que el que se encuentran el propio Lazkano, o cualquier otro deportista, sus médicos, entrenadores o directores cuando quieren conocer los valores de su pasaporte. Como mucho, algunos con acceso al dosier, dejan caer, interesadamente, que tampoco es para tanto, que muchos expertos no han visto nada extraño en los cuatro valores anómalos –todos ellos encontrados en controles efectuados en competición—que le han supuesto la suspensión provisional a Lazkano.