En la segunda temporada, la serie acentúa aún más el multiculturalismo, como si necesitaran recordárselo a una sociedad alienada de trumpismo

Es el último turno del doctor Robby antes de tomarse un sabático, y al llegar le instan a hablar con su sustituta (él se hace el remolón). Pregunta cómo se llama. Doctora Al-Hashimi. “¿Al-Hashimi?”, pregunta Robby al enfermero: “¿Eso de dónde es?”. El enfermero responde: “No sé, ¿irlandés?”. Ambos se ríen y vuelven a sus cosas, que son muchas en el caos de un día cualquiera en las urgencias del hospital de Pittsburg donde transcurre The Pitt, la serie que rompió la pana en los Emmy y acaba de estrenar su segunda par...

te con idénticas premisas: la temporada es un turno de urgencias narrado en tiempo real, a episodio por hora (se titulan así: 7.00 AM, 8.00 AM, etc.).

Que la sustituta de Robby —un médico judío que barniza con ironía su temple natural, y así aguanta erguido en el infierno hospitalario, con la sonrisa encantadora de Noah Wyle— sea una médico de origen persa obsesionada con la eficiencia y la IA es la guinda alegórica de esta alegoría del Estados Unidos trumpista que propone la serie: las élites universitarias y los currelas esforzados, los que mantienen el país funcionando contra la inercia demoledora de los burócratas y los políticos son los parias cuyos padres huyeron de la barbarie. Ayer fueron los judíos de Europa oriental. Hoy son persas, sirios, centroamericanos, hindúes, etcétera. Pero son los mismos: los hijos de los emigrantes que estudiaron medicina con las mejores notas.