Si fue un paréntesis la Unión Soviética, también la política estadounidense que hemos conocido desde 1945 puede serlo
Nuestra época acelerada contempla estupefacta como Estados Unidos regresa a la época de la depredación belicosa e imperial que dominó el espacio europeo y atlántico en el siglo XIX hasta el brutal enfrentamiento continental en las dos grandes guerras entre 1914 y 1945. Nacido como república democrática de una contienda revolucionaria contra la monarquía británica, ahora está mimetizándose en una autocracia también imperial como las que dominaron Europa y colonizaron el continente americano, preparada para disputar la hegemonía global con Rusia y China, al igual que hicieron los imperios europeos tanto en su continente como en ultramar.
Cada vez se entiende mejor qué significa para el trumpismo la grandeza americana. Va más allá de los mitos que fascinaron a Trump en su infancia y pretende otra ampliación territorial de Estados Unidos como las que sucedieron durante el siglo XIX hasta 1917, aunque esta vez directamente en búsqueda de petróleo y tierras raras y del control de las nuevas vías marítimas árticas. No surge de la nada, ni es fruto de una personalidad atrabiliaria o de una mera conspiración de la extrema derecha. Su ADN pertenece a un legado fundacional, tal como han señalado numerosos historiadores, entre ellos Josep Maria Fradera, que ha caracterizado aquella república inicial tanto por su anticolonialismo como por la “continuidad de una tradición británica que solo puede ser calificada de imperial”.






