Pekín, convertido en el mayor socio comercial de América del Sur, se enfrenta al realineamiento de intereses que exige Trump en la región

En 1999, al poco de desatar su revolución bolivariana, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, inició su primera gira internacional con un viaje a China. Buscaba estrechar lazos; fue un viaje fructífero: sellaron acuerdos para incrementar el flujo de petróleo desde la Faja del Orinoco, iniciativas en el sector energético y la promoción de inversiones del país asiático en Venezuela. “Pedimos a China que continúe con su esfuerzo para que el mundo no sea regido por un policía...

universal que lo imponga todo”, reclamó Chávez. Le seguirían años de idilio. La sed de recursos del gigante manufacturero engrasaría a partir de entonces la sintonía entre Caracas y Pekín.

China convirtió entre 2009 y 2015 Venezuela en un destino predilecto de su desembarco en América Latina. Apostó por el sector energético y las infraestructuras, de ferrocarriles a centrales eléctricas, concediendo casi 60.000 millones de dólares en préstamos, según cifras de Inter-American Dialogue y Boston University Global Development Policy Center.

A medida que la relación del país bolivariano con Estados Unidos se iba agriando, China incrementaba su presencia: hoy es su principal acreedor, su primer socio comercial, el suministrador prioritario de su armamento, uno de sus grandes aliados diplomáticos y, por supuesto, el destino número uno de sus hidrocarburos, con los que Caracas trata de saldar la deuda de entre 10.000 y 15.000 millones de dólares (según las fuentes) que aún mantiene con Pekín.