La cineasta Hikari logra una bonita película de extraña calidez con un par de giros finales de enorme parecido con un filme tan similar como ‘Familia’

Entre la agria soledad del mundo contemporáneo se abre paso un nuevo negocio: la generación de emociones y, con ello, su posible compra-venta. Por eso tiene tanto sentido una pequeña empresa como la de Rental Family (Familia de alquiler), coproducción entre Japón y Estados Unidos dirigida por Hikari, que pone en pie aquello que Fernando León de ...

Aranoa ya había advertido en 1996 con Familia, quizá su mejor película: el necesario acogimiento de la parentela no es más que un teatro de las apariencias.

Hikari, japonesa de nacimiento forjada cinematográficamente en EE UU, donde reside desde su etapa universitaria, ha compuesto una oda al buen cine familiar, con sus gotas de comedia y sus consabidos saltos de lágrimas, que igual puede servir como apología de las bondades del linaje —de su apoyo sentimental, educativo y, por supuesto, económico—, que como reflexión crítica sobre la falacia de ciertas relaciones consanguíneas. Dependiendo de la familia que le haya tocado a cada espectador, seguro que cada uno arrimará el ascua a su sardina ideológica, pero lo cierto es que con su tono amable, tranquilo y, por momentos, punzante, y a través de un magnífico conjunto de interpretaciones, Hikari logra una bonita película de extraña calidez.