Eugenio Fuentes entrega la décima aventura del detective Ricardo Cupido con una historia poliédrica en torno a un escándalo sexual
Mientras avanzamos en las primeras 50 páginas de Wendy, la más reciente novela de Eugenio Fuentes, vamos a ser acechados por un creciente desconcierto, y es inevitable que empecemos a hacernos preguntas: ¿qué conexión puede haber entre un saco con los huesos de lo que fuera un niño musulmán, un matrimonio que enfrenta los duro...
s trabajos de un parto gemelar y un video erótico que recibe un futbolista de élite, filmado por él mismo mientras ejecutaba el acto sexual y que, de hacerse público, mucho podría perjudicar su carrera? ¿Hacia dónde, por dónde nos moveremos en un relato que luego deriva en una novela policial que poco a poco irá beneficiándose de muchos de los ingredientes habituales del género?
Algo, no obstante, podemos saber desde muy pronto en la lectura de Wendy: y es que su autor, Eugenio Fuentes, nunca ha sido uno de esos escritores que se apoltronan en el cómodo sofá de las convenciones para desde allí, con reconocibles pases de capa, urdir otra pieza más, protagonizada una vez más por un personaje recurrente y familiar, en su caso el detective Ricardo Cupido, que ahora cumple su décima aventura literaria. Él no: Eugenio Fuentes siempre se complica la vida (y de paso nos la complica —del mejor modo— a nosotros, los lectores) empeñado en dinamitar las más diversas y recurridas estrategias narrativas que han tipificado por más de un siglo a la novela criminal, recreándose en descripciones de actitudes o ambientes, buscando además un efecto de expansión dramática y conceptual de las varias historias que concurren en una trama que, sin embargo, él consigue que termine siendo una novela estrictamente policial, pero con el añadido nada despreciable de que, sobre todo, es Literatura —y no es gratuita la mayúscula—. Porque Fuentes parece convencido, como Raymond Chandler, de que la novela policial ha tenido la lamentable tendencia de acercarse solo a lo que le interesa, sin mirar hacia los lados, y por eso él insiste en escudriñar no solo hacia los lados, sino también hacia arriba y hacia abajo.






