Debería alegrarme del acuerdo para la reparación de las víctimas de la pederastia de la Iglesia, pero lo que se ha negociado es no aplicar la justicia
Leo que se ha llegado a un acuerdo para la reparación de las víctimas de la pederastia en la Iglesia. “Un acuerdo histórico”, leo también. Debería alegrarme, celebrarlo quizá, agradecer el esfuerzo de la Iglesia por reconocer lo dañado y el del Gobierno por no haber cejado en su empeño....
El histórico del proceso es este: vaivenes de negociaciones malogradas durante años, la Iglesia zafándose de sus delitos una y otra vez, negando su responsabilidad e intentando eternizar el propósito de enmienda para que el tiempo diluya la memoria de estos últimos cincuenta años en las vidas de quienes fuimos abusados, violados y sermoneados entre sotanas, altares, sacristías y vestuarios escolares.
Nosotros, los niños, éramos la tentación que los hacía pecar, decían.
A estas alturas ustedes, señores de la Iglesia, deberían ya saber que el tiempo no existe, que el ser humano es capaz de solapar pasado, presente y futuro en un solo plano cuando la supervivencia así lo exige, y que “gracias a” ustedes el tiempo de muchos hombres y mujeres que pasaron por sus manos y sus camas es el purgatorio. Nos dieron esa casa cuando les pedíamos un abrazo. Traicionaron sus propias leyes sagradas, no solo con nosotros, sino también entre ustedes. Reventaron los mandamientos al completo. Diez de diez. Mataron fe e infancia.







