Igual que las opiniones sobre el chavismo distinguían a la izquierda radical de la democrática, las que genera el nuevo régimen venezolano dividen a los liberales de verdad de los de boquilla

Como tantas otras tiranías, el chavismo tenía una virtud para quienes no vivíamos bajo su bota: aclaraba la discusión política. Ya lo sé: no debería escribir del chavismo en pasado, pues aún existe y existirá, mutado en colaboracionismo trumpista, pero lo que le sobreviva ya no será bandera para ningún apparatchik extranjero. En España, donde Venezuela se invoca con una ferocidad y frecuencia inversamente proporcionales a la compasión que inspiran sus ciudadanos, la dictadura desenmascaraba a los izquierdistas autoritarios. Un alegato chavista desacreditaba el fervor democrático más exaltado. Incluso la tolerancia, mirar con simpatía o eludir la condena de un régimen evidentísimamente fascista arrastraban a los templadores de gaitas a las viscosidades de la demagogia y la hipocresía.

El secuestro de Maduro por Trump ha tenido una virtud equivalente en el otro campo: muchos liberales y librepensadores se acostaron demócratas radicales el 2 de enero y se levantaron trumpistas el 3. El fin justificaba cualquier medio, y los reparos sobre el derecho internacional, la soberanía nacional o la mera sospecha de las intenciones de Estados Unidos (en las primeras horas, confusas, hasta que Trump y Rubio las aclararon con su brutalidad acostumbrada) eran despreciados como remilgos de moderaditos, cobardía equidistante o impotencia europeísta. Subyugados por el poderío de la Delta Force, nuestros bravos polemistas dejaron claro al fin que sus referentes ideológicos estaban más cerca de El equipo A y de Rambo que de John Stuart Mill. Algunos lo sospechábamos, pero se agradece que ya no puedan colarnos la milonga del liberalismo.