Tras haber pasado por Louis Vuitton y Dior, a punto de cumplir un lustro en esta firma, el diseñador revisita su archivo sin nostalgia
Tiene varios tatuajes. Pero especialmente elocuentes, premonitorios si se quiere, son los que le caligrafían las piernas: Futurism pone en una, Passéism en la otra. Se los hizo hace tiempo, por la canción de Blonde Redhead. Coincidencia o vaticinio —tampoco importa—, ahora esas dos palabras suman otra lectura: en esa tensión entre innovación y nostalgia ha calibrado Nicolas Di Felice (Charleroi, Bélgica, 42 años) su visión de Courrèges, la firma a la que llegó como director creativo en 2020. “He querido
a-link-track-dtm="">interpretar el legado, no calcarlo”, dice desde su oficina parisiense, en el 40 de la calle François 1er, el mismo edificio haussmanniano donde la maison se instaló en 1965.
Trabajar con el peso de la historia no le es ajeno. Los primeros archivos de los que Di Felice se enamoró fueron los de Cristóbal Balenciaga, cuando en 2008, antes de terminar sus estudios en La Cambre, entró como diseñador júnior bajo el ala de Nicolas Ghesquière. Tal vez fuese la primera intervención del destino. Él supo tomar nota.
“Me di cuenta de que la idea de innovar me entusiasma tanto como la de perpetuar un legado. Sé desde entonces que algún día me tocaría enfrentarme a ese desafío”. Con esa frase —y una firma de trazo decidido, caligrafía de un apellido italiano que pronunciado en francés parece un galimatías— terminó la carta que convenció para contratarle a la familia Pinault, dueña desde 2018 del 100% de la marca a través de Artémis, el grupo financiero con el que también controla Château Latour, la editorial Tallandier, Christie’s, el club de fútbol Stade Rennais y uno de los fondos de arte contemporáneo más sustanciosos del planeta.






