Los contrastes de sus barrios, su riqueza cultural e histórica y la creatividad de sus habitantes hacen de la ciudad sueca un destino único en el contexto del norte de Europa

Gotemburgo es una sorpresa cálida y acogedora. Inevitablemente, uno piensa que está aterrizando en una ciudad del norte de Europa y, por tanto, espera llegar al frío, no solo térmico, sino cultural. Sin embargo, este enclave, que lleva siglos recibiendo visitantes a través del puerto más importante de Escandinavia, en cierto modo podría describirse como el Cádiz de los países nórdicos. ...

¿Por qué? La variedad de su gastronomía, los contrastes de sus barrios, la riqueza cultural e histórica, y la espontaneidad y creatividad de sus habitantes hacen de esta urbe de apenas un millón de habitantes un lugar único en el contexto del norte de Europa.

Al llegar hay que viajar en el tiempo a través de su centro histórico. Si uno se aloja en el hotel Clarion Post, que fue durante siglos la sede central de correos, estará perfectamente situado para acercarse a cualquier parte de la ciudad. La estación de tren, adonde llegan también los autobuses desde el aeropuerto, está justo al lado. Desde ahí es fácil ponerse a caminar por la calle de Norra Stampgatan —o subirse a uno de los puntualísimos tranvías que recorren la urbe—, que en apenas cinco minutos lleva directamente a la plaza de Gustavo Adolfo, presidida por una escultura de aquel rey sueco que en el siglo XVII, señalando con su dedo al suelo, dijo: “Aquí construiremos Gotemburgo”.