Nombrada como la urbe más habitable del mundo, la capital danesa es moderna, sostenible, profundamente humana, animada y, por supuesto, deliciosa
Bajar del avión y encontrarse en la sala de embarque al cocinero español Jesús Sánchez (tres estrellas Michelin en su restaurante Cenador de Amós, en Cantabria) relamiéndose los recuerdos de todo lo que ha comido en sus días en Copenhague mientras, cerca, dos empleados del aeropuerto juegan a impulsarse con un carrito. Es el recibimiento espontáneo de una ciudad que aparece en diferentes rankings como una de las mejores del mundo para vivir. Y puede que así sea, porque lo cierto es que, en un primer impacto, aquí la gente parece disfrutar.
Lo mejor para ir al centro de la capital danesa es coger el tren, y, una vez allí, la ciudad es perfecta para moverse en bicicleta, por lo que es recomendable alquilar una (por unos 25 euros al día). La ausencia de cuestas y la prioridad ciclista en las calles facilita la experiencia. Eso sí, los carriles están hechos para desplazarse con ellas como un medio de transporte, no de paseo, y en las horas punta puede llegar a ser agobiante si uno no suele moverse sobre ruedas.
Copenhague tiene un sistema llamado Green Wave (la ola verde) con el que los semáforos están sincronizados para favorecer que los ciclistas que circulan en hora punta a 20 kilómetros por hora puedan alcanzarlos en verde durante todo el trayecto en diferentes rutas por toda la ciudad. Los acostumbrados a este tráfico ciclista estarán en su salsa, aquellos que quieran recorrer la ciudad a un modo más pausado, o parar a tomar alguna foto, que lo hagan bajo su responsabilidad, pues podrán ser abordados por una tromba de ciclistas profesionales. Por lo demás, si hace buen tiempo, solo hay que disfrutar de Copenhague pedaleando por sus distintos barrios. Hay puentes de acceso único para peatones y bicicletas y estacionamientos destinados a este vehículo repartidos por todos lados.






