Libros, cómics, una serie fenomenal y hasta el Nobel Krasznahorkai sirven para adentrarse en el territorio siempre fértil de Melville y el “¡por allí resopla!”
He acabado el año y empezado el nuevo entre ballenas. No se deduzca de esto que estoy en un viaje aventurero en plan Melville, Conrad o Jack London por esos mares de dios, no, mis ballenas son como casi siempre —algunas he visto en su elemento y una vez hasta me hicieron probar una en las Feroe: la grasa te inunda la boca como la cubierta del Pequod— ballenas de libros. Y también de una estupenda serie televisiva que he recuperado ahora gracias a Filmin, La sangre helada...
, basada en la sensacional novela de Ian MacGuire publicada en castellano con el mismo título por Roca Editorial (originalmente novela y serie se titulan The North Water).
Las ballenas, como los tigres, como los leones, como las serpientes o los elefantes, parecen llegar en oleadas y por temporadas, cada especie con su mensaje particular. El de las ballenas es grande y frío, con un punto existencial y metafísico y vinculado inevitablemente, además de a la melancolía por su destino, al capitán Ahab y a Moby Dick, pues es imposible sustraerse, en la ficción y hasta en la realidad, a la larga sombra del cachalote blanco, su terrible y fascinante influjo, la imagen de algo a la vez majestuoso y aterrador que nos acecha para pasar cuentas y deslumbrarnos: la vida.






