Dos nuevas compositoras, temas contemporáneos en forma de vals o galope y el 250º aniversario de la Albertina marcan la 86ª edición de la popular cita musical de la Filarmónica de Viena, dirigida por primera vez por Yannick Nézet-Séguin

Para muchos, el 1 de enero no empieza del todo hasta que RTVE retransmite en directo el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. En la Sala Dorada del Musikverein, engalanada con miles de flores, desfilan las miniaturas de la dinastía Strauss y de sus contemporáneos: una música ligera solo en apariencia, en la que la alegría convive siempre con una dosis exacta de melancolía. La interpretan una de las mejores orquestas del mundo y un director de reconocido prestigio, a los que se suman dos escenas de ballet pregrabadas en localizaciones especialmente vistosas y, durante el intermedio, un documental de la ORF dedicado al patrimonio austríaco. Una liturgia sonora y televisiva perfectamente engrasada.

Cada año se recuerda, con puntual insistencia, que esta célebre cita musical nació como una operación de propaganda nazi en la Austria anexionada por el Tercer Reich. Mucho menos se subraya, en cambio, la asombrosa maniobra que permitió reconvertirla, tras la Segunda Guerra Mundial, en el gran escaparate de la excelencia cultural austríaca que sigue siendo hoy. Esa operación se apoyó en el llamado Opfermythos: el victimismo que presentó a Austria ante el mundo como la primera nación libre agredida por Hitler. Así, los mismos valses de Strauss que en 1939 habían servido a la maquinaria del nazismo pasaron a leerse como emblemas de una supuesta resistencia vienesa frente a la barbarie prusiana. Un ejemplo de política cultural eficaz, pero también de notable cinismo histórico.