Delirante y bulliciosa historia, basada en la novela de Freida McFadden, que retrata la furia, el resentimiento social y la dependencia laboral

Determinadas películas no pueden ir a medio gas. Van con todo. De hecho, deben ir con todo porque esa es su única opción frente a las dificultades que puede provocar su relato: completamente alejado de cualquier verosimilitud; tan loco de atar como una parte de sus protagonistas. Cine de enganche popular que ilustra literatura pulp contemporánea. Y así es La asistenta, película de Paul Feig que adapta uno de los libros más vendidos d...

e los últimos años: la novela homónima de la estadounidense Freida McFadden, primera entrega de una trilogía famosa por ser fácil de leer, y estar asentada en los giros inesperados y finales espectaculares. Viendo la película, hay un detalle más, y nada baladí: McFadden y, por supuesto, la ilustración visual de Feig —previo paso por la traslación a guion de Rebecca Sonnenshine— juegan con las mejores fantasías sociales y sexuales que puedan imaginarse, desde las más superficiales hasta las más perversas. Cine travieso para espectadores juguetones. Sin freno.

Pero ¿qué es ir con todo? Básicamente, saber lo que se tiene entre manos —un relato rocambolesco—, y conjugar todos los aspectos de la película, desde la puesta en escena y la fotografía hasta las interpretaciones, en una línea homogénea. Siempre muy arriba, y que alcance una meta común: el entretenimiento revoltoso, la revuelta sociopolítica de bajo alcance y la excitación erótica basada en los cambios de rol. La asistenta es Hollywood canalla. Salvando las distancias (que las hay en cuanto a la calidad), cerca de ¿Qué fue de Baby Jane? Una historia de enemistad manifiesta que desemboca en intriga psicológica y en suspense criminal, con interpretaciones desquiciadas (pero muy adecuadas), virajes dramáticos y hasta un toque de comedia negra con el que reír, disfrutar e incluso soñar. Esas vidas que nunca podremos tener.