El emblemático peinado-despeinado de la actriz francesa irrumpió en un tiempo en que las mujeres aún debían lucir aseadas, con recogidos esculpidos a laca y sin un pelo fuera de sitio
El tiempo es un huracán. En las últimas décadas, la actriz francesa Brigitte Bardot, fallecida este domingo a los 91 años, fue lepenista, racista y, finalmente, y temerosa an...
tivacunas. Pero en la segunda mitad de la década de los años cincuenta del siglo pasado sacudió la vida pública al personificar (o mejor, inventarse) a la chica libérrima, dueña de su deseo, algo salvaje y casi existencialista en el disfrute del presente. Era entonces una joven furiosamente avant garde sin saberlo, nada intelectual, una adolescente parisina que, con su aire indolente y su melena despeinada, haciendo lo que le viniera en gana en cada momento, no se parecía a nadie. Y, a su manera, revolucionó el mundo.
Fue un bombazo cultural y social que cambió la autopercepción de las mujeres y la mirada de los hombres. Y pocas cosas simbolizan eso más que su cabello, omnipresente —casi con grado de entidad autónoma— en carteleras, en fotos, en portadas de discos, en la tele y en el cine.
Bardot fue una morena con voluntad de ser rubia, dueña de un pelazo indomable, leonado, enredadísimo, como de recién levantada de la cama, y no de dormir sola. Un look agreste adaptado después por la actriz Anita Pallenberg o la modelo Kate Moss, por ejemplo.













