La intérprete fue una de las figuras más emblemáticas de la cultura de su país e icono de moda en las décadas de los cincuenta y sesenta

La actriz y activista por los derechos de los animales Brigitte Bardot (París, 91 años), uno de los mayores símbolos del cine francés —y de la propia Francia—, ha muerto este domingo, según ha informado su fundación en un comunicado. Desde hace semanas se recuperaba de una operación, la segunda vez en pocos meses. En aquella ocasión, después de 11 años de silencio mediático, tuvo la deferencia de salir a desmentir su propia muerte cuando arecieron los rumores. A su manera, sin ocultar nada. Ni las arrugas con cirugía o maquillaje, ni su carácter o inclinaciones ideológicas, cada vez más radicales, con burdos eufemismos. “No sé quién es el imbécil que ha difundido ese bulo”. Esta vez, quizá el mismo Dios que había creado a la mujer en la mítica película de Roger Vadim que propulsó su carrera en 1956, sea quien fuera ese genio, se la ha vuelto a llevar.

La figura de Bardot trascendió de forma colosal al perímetro del cine y anticipó algunas de las grandes revoluciones que la segunda mitad del siglo XX pondría en marcha. Mucho antes de convertirse en una musa de la ultraderecha y una feroz activista por la defensa de los animales, fue también el enigmático síntoma de una Francia en profunda transformación tras los traumas de la Segunda Guerra Mundial. Su estilo, inmortalizado con pañuelos en la cabeza, una cinta elástica negra, colocada en el nacimiento del cabello, o pantalones de cuadros vichy, era la transfiguración de un deseo contenido durante décadas, la bisagra temporal entre dos mundos. Una Francia que no había muerto todavía y otra que no terminaba de nacer. Un país donde la mujer se emancipaba sexualmente y abandonaba abruptamente el segundo plano social y cultural, aunque lo hiciese convertida ya en el principal objeto de consumo del nuevo tiempo.