Tres crisis sanitarias han afectado a granjas avícolas, de bovino y de porcino, mientras los pescadores han sufrido las restricciones de la Comisión Europea

En el campo catalán, el año empezó con un gran peligro: la sequía. El Govern de Salvador Illa, que echó a andar en agosto de 2023 con los pantanos vacíos, había puesto toda su atención en esa amenaza, que se disipó con las lluvias de la primavera. Sin embargo, los problemas en el sector primario de Cataluña —pequeño en comparación con otros sectores en cuanto a PIB y ocupación, pero clave para la sostenibilidad socioeconómica de una parte muy importante del territorio— no terminaron ahí. Tres crisis sanitarias han han convertido 20...

25 en un annus horribilis para la ganadería.

En octubre, un brote de Dermatosis Nodular Contagiosa (DNC) obligó a sacrificar a miles de cabezas de vacuno en Girona; en noviembre, la gripe aviar supuso el confinamiento del 14% de las granjas de pollos; y en diciembre, el brote de Peste Porcina Africana (PPA) en la montaña de Collserola llevó a cerrar la mayoría de mercados exteriores de carne de cerdo, un sector clave para las exportaciones catalanas y españolas. A estas tres crisis, que todavía colean, se le suman las quejas de los campesinos, que en febrero lograron promesas de Illa para desconvocar sus tractorades, y los escollos de la burocracia europea, que tienen indignados a los pescadores de arrastre por la insuficiencia de los días para faenar.