Sujeta más a los financieros tradicionales que a sus fieles ‘bros’, la criptomoneda pasó de marcar máximos en los 126.000 dólares a retroceder un 30% en dos meses
Para muchos, 2025 iba a ser el año dorado de bitcoin. La convicción de que la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca, el primer criptopresidente de la historia de Estados Unidos, pondría fin a una era marcada por recelos hacia la industria no era solo cosa del mercado cripto. Incluso el mundo de las finanzas tradicionales y los más escépticos, con más o menos temores, auguraban mayor adopción. Las grandes casas de análisis proyectaban la criptomoneda entre los 130.000 y los 200.000 dólares a finales de 2025. Nada más lejos. En tan solo una semana, los criptofieles pasaron de celebrar nuevos máximos a hablar de criptoinvierno. Así, estos 12 meses se han convertido en una montaña rusa para bitcoin que enfila la recta final del año estancado en los 90.000 dólares, un 30% por debajo de su récord a principios de octubre.
Además de la ilusión de vivir un año dorado, bitcoin también ha perdido parte de su identidad. Su carácter rebelde, lejano al poder, inmune a la política monetaria y a los engranajes de las finanzas tradicionales es ya agua pasada. La criptomoneda forma parte de ese mundo que tanto despreciaba cuando nació: los mercados financieros, la gran banca... Recortes o subidas de tipos, anuncios de aranceles, shocks de liquidez, ahora todo esto pesa en bitcoin como en los demás activos tradicionales. Hay una razón: nuevos inversores como grandes gestoras, empresas cotizadas que lo acumulan en su balance o fondos han empezado a invertir en ello. Así, en poco más de una década ha pasado de ser el activo por excelencia de los especuladores a depender de la confianza de grandes inversores.









