Cinco años después de su llegada al poder, la junta militar aliada de Rusia sufre el desgaste por el bloqueo al combustible que imponen los grupos yihadistas

Al volante de su viejo Mercedes amarillo, Amadou F. da vueltas en busca de una gasolinera abierta. Son ya las siete de la tarde. En las últimas semanas, el gasoil se ha convertido en un bien escaso en Bamako, la capital de Malí. En la carretera de Koulikoro, decenas de motocicletas hacen una larga cola en una estación de suministro. “Aquí no”, rumia Amadou entre dientes, sin poder ocultar su frustración.

El barrio de Hippodrome y los alrededores de la calle Blablá, otrora el centro neurálgico del ocio nocturno, lucen sombríos. Una noche más en penumbra. El bloqueo al combustible que tratan de imponer desde septiembre los yihadistas que operan en Malí se deja sentir en una ciudad que languidece. Cinco años después de su llegada al poder, aupados por un fuerte respaldo popular —que se ha ido perdiendo— y por su cercanía a Rusia, los militares sufren el desgaste de la asfixia económica de una guerra que no están ganando.

“La estrategia de los yihadistas está clara. No se trata de atacar Bamako o de crear un califato al modo de Siria o Afganistán. Su idea es ahogar al país y generar la inestabilidad necesaria para que el régimen implosione desde dentro”, señala un experto maliense en seguridad, que pide anonimato.