La crisis del país es el catalizador de una máquina del fango que busca establecer conexiones entre figuras progresistas y el desastre de la llamada revolución bolivariana
Daniel Torres ayudaba a los demás, esencialmente a periodistas extranjeros, a entender Venezuela. En un mismo día podía llevarte a conocer el trabajo de una ONG opositora antes de ir a un asador donde contratistas del Gobierno de Nicolás Maduro empalmaban la comida con la cena, ron y whisky mediante. Por la tarde, podías contemplar el atardecer desde la terraza a medio construir de un jefe de calle del PSUV, el enlace local del partido columna vertebral del chavismo. Hablando de las penurias de la vida cotidiana, lograbas hacerte una idea más precisa de lo que estaba pasando. A Daniel todo el mundo le llamaba El Gordo. Vivía con su familia en el sector Valle Alto de Petare, el barrio popular más extenso de América Latina. Una noche de septiembre de 2020, un malandro le descerrajó dos tiros en plena calle, según los testigos por una insignificante discusión de tráfico.
El asesinato no fue un asunto político. O sí, porque morir así refleja el fracaso más absoluto del sistema. Daniel estaba resignado. No confiaba en que se fuera a producir un cambio de régimen y se desesperaba a menudo porque su economía dependía de la presencia de reporteros en Caracas, y estos viajaban y se iban al ritmo del interés cíclico que despierta el país caribeño.






