Es evidente que la labor de Ferrer ha sido impecable. Entiendo, por tanto, que la decisión de Alcaraz responde necesariamente a motivos extradeportivos

El miércoles nos despertamos con la noticia de la ruptura de Carlos Alcaraz y el que ha sido su entrenador durante los últimos siete años, Juan Carlos Ferrero. Para mí, como imagino que para todos los que seguimos el tenis sin ser cercanos a Carlos o a su equipo, ha sido una gran sorpre...

sa. No deja de ser una decisión asombrosa después de la magnífica temporada que acaban de cerrar juntos: el tenista murciano se ha coronado como número uno del mundo y ha levantado dos torneos del Grand Slam.

Es por esta razón que tengo claro que el motivo de su separación nada ha tenido que ver con el tenis mismo o con una falta de confianza del jugador hacia su entrenador. Si echamos la vista más atrás de este último curso para analizar todo su recorrido juntos, no sólo valoraremos cómo Alcaraz se ha alzado victorioso en numerosos e importantes torneos, sino también un gran crecimiento tenístico que ha abarcado muchos aspectos de su juego. Es evidente que la labor de Juan Carlos ha sido impecable. O, por lo menos, así me lo parece a mí.

Entiendo, por tanto, que la decisión del jugador responde necesariamente a motivos extradeportivos. He leído en prensa que podrían no haber llegado a un acuerdo en el aspecto monetario, algo que me parece poco probable, dado que el propio Ferrero ha confesado que le hubiera gustado seguir. De ahí se podría deducir que el desenlace obedece al deterioro que, a lo largo de los años, se va produciendo en las relaciones personales, máxime cuando la labor a la que uno se dedica —ambos en este caso— conlleva un grado de exigencia y estrés muy elevados.