Unicef calcula que desde 2013 se ha reintegrado a unos 19.000 menores asociados a grupos armados en República Centroafricana. Miles más siguen esperando a salir. Esta es su historia contada por ellos mismos

Nadine, de 19 años, tenía 15 años cuando los rebeldes se la llevaron. Lo cuenta, ya en libertad, sentada en la puerta de su casa de adobe en la aldea de Ndow-Kota, en República Centroafricana, mientras amamanta a su bebé de un año, un hijo concebido dentro del grupo armado. Una mañana de 2021, cuando se dirigía a vender yuca a uno de los yacimientos de minería artesanal de la zona, fue detenida por los milicianos Anti-Balaka. Golpearon al hombre que la llevaba en moto, lo ataron y lo abandonaron en la cuneta. A ella la arrastraron al bosque. “Allí me violaron. Era la primera vez que yo tenía relaciones con hombres. Eran cinco y abusaron de mí”, relata con voz firme. A su lado, su padre, Marc Mapouka, un hombre viudo de 67 años, la mira y recuerda la impotencia que sintió ese día cuando las noticias del secuestro llegaron al pueblo. También cómo pensó durante años que había perdido a su hija para siempre.

Miles de menores como Nadine han sido arrebatados durante estos años de sus comunidades por los numerosos grupos armados que competían por el control del territorio en República Centroafricana. Forzados a internarse en el bosque, eran obligados a desempeñar roles de combatientes, mensajeros o esclavos. En sus aldeas se organizaron funerales sin cuerpos. Se lloraron sus muertes. Se pensó que nunca más regresarían.