Una crisis como la que vive el PSOE solo puede resolverse con un gesto revulsivo de asunción de responsabilidades: la dimisión del presidente del Gobierno. Aunque luego vuelva a presentarse

El último blitz de la UCO y el goteo de casos de presuntos casos de acoso sexual de algunos cargos socialistas —y algún que otro del PP— nos han puesto en situación de emergencia cívica. Más aún cuando la existencia de tramas corruptas se une a la serie de conductas indecorosas que van salpicando nuestro espacio público y ...

contribuyen a convertir la indecencia en espectáculo.

Se dirá que estos casos aislados son eso, excepciones, y que la existencia de alguna manzana podrida no tiene por qué contaminar a todo el cesto; o bien, que todas estas quiebras de la moral pública encuentran su sanción inmediata. No, ese no es el problema; el problema es que una democracia se desgarra cuando los abusos se naturalizan, cuando la corrupción o los actos indignos se convierten en parte del paisaje. O que estos se propician porque pueden contar con complicidades que crean sensación de impunidad, cuando, por ejemplo, la “lealtad de partido” o los vínculos de amistad interfieren en una pronta reacción frente a conductas inadmisibles. No sabemos si eso estuvo al comienzo del caso Ábalos, cuyo cese fue seguido del blindaje (aparente) que aseguraba su acceso a un escaño. Pero es difícil no sospecharlo en el de Paco Salazar.