A la enfermedad de las mil caras hay que confrontarla, como sea. Con arteterapia, trabajando las habilidades emocionales y motoras o echando a andar a Santiago

Nuria tiene 51 años, fue diagnosticada de esclerosis múltiple en 2017 y, tras un brote, la enfermedad le ataca a la movilidad de la parte izquierda, tanto a la pierna como al brazo. Padece también mucha fatiga, uno de los llamados síntomas invisibles. Alguien podría decir que es una guerrera, una de aquellas heroínas que luchan contra la llamada enfermedad de las mil caras. Pero, ¿por qué se tiene que ser siempre guerrera? Nuria también tiene sus momentos de debilidad y los reivindica. Fuerte, débil, triste, feliz, harta, agotada. Tiene la contradicción diaria ahí, lo sabe; pero también una vida y un proyecto en el horizonte: hacer el Camino de Santiago con sus amigas.

Estar enferma siempre. Sentir la impotencia de que la gente no te entienda. No contarlo para no hacerse pesada. “Tiene mil caras porque se puede manifestar de mil maneras y puede ir evolucionando, te puede afectar a la movilidad, la vista, el habla, la memoria… No es lo mismo el cansancio que puedas sentir tú por un día de trabajo que la fatiga que siento al salir de la ducha”, cuenta.