Los lazos entre la comunidad y el país vecino no son materia electoral, a los partidos mayoritarios les interesa el desarrollo transfronterizo

Un sinfín de castillos y fortificaciones que hoy hacen las delicias del turismo cuentan siglos de escaramuzas entre Portugal y Extremadura, divididos o unidos, según quien lo mire, por una frontera de más de 400 kilómetros que en ocasiones separaba una misma casa de su corral de gallinas. No es de extrañar que en su título preliminar el Estatuto de Autonomía de la comunidad mencione dos veces la palabra Portugal: primero, para da...

r cuenta de ese elemento diferencial de la región y segundo, para remarcar la importancia de impulsar las relaciones y su proyección hacia el país vecino. Los tiempos han ido tejiendo lazos económicos, sociales y culturales entre los dos pueblos que antaño, como quedó escrito, conformaban una Raya de pobreza y subdesarrollo de la que hoy no queda rastro. Esa amistad parece hoy intocable. Gobiernos progresistas y conservadores se suceden en Extremadura sin afectar los vínculos transfronterizos que cosen el Tajo y el Guadiana. Ese matrimonio, unas veces mejor avenido y otras mirándose de reojo, no es materia electoral. Portugal no se toca.