La película de Noah Baumbach empieza y termina de forma magnífica: al inicio, mostrando la enorme dificultad de hacer cine; al final, incidiendo en la obstinación por parecer mejor de lo que se es
Fresas salvajes (1957), símbolo del cine sobre la memoria personal, la síntesis existencial y el psicoanálisis fílmico, fue definida de este modo por Ingmar Bergman: “Se abre una puerta y se penetra en la infancia; y luego otra, y de nuevo la realidad; luego coges una calle a la derecha y hay un fragmento de vida. Y todo descrito de un modo muy realista”. El viejo profesor protagonista, al que le ofrecían un homenaje en otra ciudad, hacía un repaso vital, intelectual...
y sentimental de su paso por el mundo, pero en lugar de desarrollarse con los consabidos flashbacks al uso, el director sueco introducía a su criatura en el plano observándose a sí mismo y a los suyos mientras, simplemente, había ido existiendo.
Desde entonces, en la senda de Bergman, un buen puñado de autores ha intentado sus propias fresas salvajes: entre los últimos, Goran Paskaljevic en Al nacer el día; Arnaud Desplechin en Jimmy P.; Julie Bertuccelli en La última locura de Claire Darling; Kogonada en Un viaje atrevido y maravilloso; y yendo más atrás, el mejor de todos, Carlos Saura en La prima Angélica, ya que además utilizaba al mismo actor —el extraordinario José Luis López Vázquez— para todos los tiempos narrados, incluso el de la niñez. Hasta Ocho y medio, de Federico Fellini, a su modo, tenía aspectos de la película de Bergman. Sin embargo, quizá sea Noah Baumbach el que más se ha acercado a la explicación textual del sueco de aquella narrativa. Lo hace en Jay Kelly, producción de Netflix que, tras exhibirse durante dos semanas en unos cuantos cines, se estrena hoy en la plataforma.










