Las personas llegan a creer en teorías absurdas por las mismas razones por las que llegan a creer en cualquier otra cosa
El 22 de febrero de 2020, Mad Mike Hughes remolcó un cohete casero hasta el desierto de Mojave y se lanzó al cielo. ¿Su objetivo? Comprobar que la Tierra era plana desde el espacio. Era su tercer intento y, trágicamente, resultó fatal. Hughes se estrelló poco después del despegue y murió.
El apodo de Hughes, Mad Mike, puede parecer muy acertado. ¿Acaso no es una locura arriesgar la vida luchando por una teoría que fue refutada en la antigua Grecia?
Pero la convicción de Hughes, aunque sorprendente, no es única. En todas las culturas registradas, las personas han mantenido creencias firmes que parecían carecer de pruebas a su favor, algo que podríamos denominar “creencias extraordinarias”.
Para los antropólogos evolutivos como yo, la omnipresencia de este tipo de creencias es un enigma. El cerebro humano evolucionó para formar modelos precisos del mundo, y la mayoría de las veces lo hacemos bastante bien. Entonces, ¿por qué las personas también suelen adoptar y desarrollar creencias que carecen de pruebas sólidas que las respalden?






