Colombia se convierte en el séptimo país que ha intentado parar a Lev Tahor, con señalamientos por abuso sexual y trata

En el celular de Andrés Orrego, el contacto quedó guardado como Amigo Americano. Orrego, que regenta un pequeño supermercado en el corazón da Yarumal, un pueblo del norte de Colombia, le gustaba la corrección de este hombre extranjero, extraño y desconocido. Se esforzaba en hablar bien español, pagaba en efectivo con billetes nuevos y casi siempre era puntual. Además, compraba a lo grande, como para una multitud: 10 kilos de maní, 25 de naranjas, 10 de berenjena, 100 kilos de papas, 50 cocos, 75 limones… Y luego, sí, cosas más raras: un pescado difícil de encontrar, harina de trigo orgánico, miel pura de una floración precisa. Una semana después de conocer a ese vecino misterioso, Orrego tuvo que acercar incrédulo su rostro a la pantalla del televisor para asegurarse: su amigo americano era el principal detenido en un operativo contra Lev Tahor, la secta judía ultrarradical cuyos líderes han sido condenados por abusos y matrimonios infantiles en Estados Unidos. Los talibanes judíos, como se les conoce, buscaban echar raíces en Antioquia. En su pueblo. Al lado de su supermercado. Colombia, el séptimo país por el que han pasado estos individuos en la última década, se enfrenta a las mismas dificultades que en su momento tuvieron México o Guatemala: no tiene claro qué hacer con ellos ni cómo frenarlos.