Europa afronta el dilema entre ganar tiempo para construir acomodando o plantar cara y avanzar precipitando un estado de necesidad

No debe de quedar ya ningún europeo que considere que EE UU es un aliado. Si algún vestigio de duda permanecía en alguna mente, Washington se encargó de volarlas lanzando una granada en forma de plan de paz para Ucrania que era un regalo para Rusia, ni negociado y ni siquiera anunciado a los europeos. A estas alturas, la única du...

da que permanece es cómo debe moverse Europa en un mundo en el que Estados Unidos ya no es un aliado, sino una amenaza.

La cuestión es de gran complejidad. La premisa es que Europa depende de EE UU en materia militar y tecnológica, y esa dependencia influencia el camino europeo en otros ámbitos, como el comercial o el regulatorio. Para simplificar esa complejidad, conviene visualizar dos polos.

Por un lado, una estrategia de construcción de autonomía —de independencia, como dijo Merz nada más ganar las elecciones— prudente, que busque evitar una ruptura abrupta con EE UU, que gane tiempo para avanzar mientras se mantienen en vida aspectos de la relación con Washington que son muy importantes, sobre todo en materia de seguridad, y que de alguna manera siguen de pie por inercia pese al cambio de relaciones.