La cantante chilena publica Femme fatale, un álbum de cadencias jazz e inmerso en el ambiente desprejuiciado del cabaret

No es casual que Mon Laferte, a dúo con Nathy Peluso, rinda tributo en su nuevo disco a La Lupe (1939-1992), cubana de rompe y rasga emigrada a Nueva York, epítome del despecho y del desgarro. Lo hace en ‘La Tirana’, que comienza a golpe de bolero fatídico y muta luego a sonoro tumbao. Y es qu...

e en Femme fatale, salvando todas las distancias salvables, Laferte se muestra transformada en una Lupe del siglo XXI, reina del club de los amores perros, en un personaje de noches y humo con licencia para soñar y decir sin tapujos. Una creación que tuvo otro impulso: Laferte interpretó a Sally Bowles, protagonista de Cabaret, cuando el musical se estrenó en México.

En Autopoiética (2023), que Laferte definió como un disco de renacimiento, la artista usó pocos instrumentos y mucha tecnología para facturar un conjunto de canciones que transitaron por el hip hop, el tango y la cumbia electrónicos, el reguetón y el bolero. Ahora, en Femme fatale, ha echado mano de poca tecnología y de muchos instrumentos: los suficientes para formar una orquesta que pueda proporcionar a las canciones una base de jazz, no tan rotunda como la de su admirada Billie Holiday, pero sí lo suficientemente elaborada para que la voz brille potente, sensual y cadenciosa, y lo bastante abierta para evitar una taxonomía definitiva. De hecho, canciones hay en Femme fatale que participan de la orquestación y arreglos pop que tan bien mostraron las cantantes francesas e italianas de los sesenta (‘Melancolía’, por ejemplo).