El rock más duro también es una herramienta para canalizar la rebeldía y para recordarnos que hemos de mantenernos fieles a nosotros mismos

En 1987, Bruque cantó “el heavy no es violencia”. Ahora, tantos años después, algunas voces se preguntan si ese tipo de música —un ruido infernal para muchos— oculta una luminosa misión en sus entrañas. ...

Una cosa es verdad: a la hora de vivir, ante el desolado paisaje de dificultades, miseria y muerte sin respuesta, millones de personas encuentran sosiego en la furia de un riff guitarrero. “El metal es una transgresión existencial —explica al teléfono el sociólogo y filósofo Hartmut Rosa, autor de Cantan los ángeles, rugen los monstruos: una breve sociología del heavy metal (Ned Ediciones, 2025)—. Se mete en la oscuridad abismal, libera a los monstruos y lleva dentro un anhelo de redención. Con su música se busca de forma activa una experiencia genuina y profunda”.

Es una roca a la que agarrarse en un mar de sinsentidos. “Es más que música, es una forma de mirar el mundo con lucidez y rebeldía, de encontrar sentido y hermandad en medio del caos”, reflexiona por correo electrónico David Alayon, consultor y responsable del pódcast Heavy Mental junto con el cómico Miguel Miguel y el ingeniero Javier Recuenco. “La forma de mirar el mundo de un heavymetalero parte de una mezcla de escepticismo, intensidad y honestidad brutal. No se trata de negar la oscuridad, sino de mirarla de frente, transformarla en fuerza y convertir el dolor, la rabia o la desesperanza en algo creativo y colectivo”.