El renovado grupo de Ambros Martín, que admite que siguen lejos de las mejores, debuta en el torneo contra Paraguay

La selección femenina de balonmano tocó fondo en los Juegos Olímpicos de París, donde acabó última, y sigue inmersa en su particular, profundo y, a menudo, duro proceso de reconstrucción. El entrenador, Ambros Martín,

" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/2024-11-28/borron-cuenta-nueva-y-exigencia-de-mas-compromiso-en-las-guerreras-tras-el-fiasco-olimpico.html" data-link-track-dtm="">abrió hace un año las ventanas de par en par, dio entrada a una amplia camada de jóvenes y se trató de regenerar el ambiente del vestuario. Las personas implicadas ya advirtieron de que el nuevo proyecto necesitaría mucha paciencia y tiempo de cocción para tratar de regresar a una élite que hace tiempo que quedó lejos, desde la inesperada plata mundial de 2019. De momento, el objetivo en estos tiempos de ensamblaje es enfrentarse a las mejores, someterse al estrés competitivo y, si todo va bien, avanzar.

Al Mundial de Alemania y Países Bajos, que arranca este miércoles con un enfrentamiento ante Paraguay (18.00, Teledeporte), llega después de probar en sus carnes que todavía le queda mucha montaña por ascender. El seleccionador prescindió del habitual torneo preparatorio en España, en el que solía recibir a rivales de un nivel medio-bajo, y el equipo se marchó a la Posten Cup, en Straume (Noruega), para medirse a las anfitrionas y campeonas olímpicas, a una Hungría crecida, y a la Serbia que ahora dirige José Ignacio Prades, exayudante de Ambros Martín y exseleccionador español.