Una ruta entre bosques, lagos, puentes históricos y coquetos pueblos que acaba en la localidad que vive de la leyenda de un festival que, en realidad, se celebró a más de una hora de distancia
Cuando necesitan aire, los neoyorquinos cruzan los altos desfiladeros de Manhattan, toman la carretera 9 hacia el norte desde Harlem y siguen el curso del Hudson —un río que se emborracha con aceite,
oreferrer" title="https://elpais.com/cultura/2025-08-04/un-drama-inedito-de-luis-rosales-revela-su-tormento-por-no-haber-podido-salvar-a-lorca.html" data-link-track-dtm="">decía Lorca— hasta las suaves cumbres de los Catskills, que cambian de color con las estaciones y que en otro tiempo marcaron la frontera natural de Estados Unidos. En estas montañas se puede pescar con mosca o ir en kayak por sus ríos y lagos, emprender largas caminatas por senderos boscosos, deslizarse por las pistas de una estación de esquí, jugar al golf en uno de sus seis campos públicos o incluso alojarse durante un fin de semana en alguna granja, donde la vida rural calmará el estrés urbano. También se puede, sorteando el riesgo, asomarse a las fabulosas cataratas Kaaterskill, que son más altas que las del Niágara —tienen algo más de 70 metros de caída en dos niveles— y cuya belleza ha inspirado desde hace más de un siglo a pintores y escritores, como Thomas Cole o John Burroughs.






