Desde la caída de El Asad, miembros de la minoría alauí, a la que pertenece el expresidente, intentan ganarse la vida recolectando esta hoja en las montañas, donde se exponen a la muerte a manos de pistoleros
Jihad está sentado a la entrada de su casa en Darmin, en el este de Siria, a poca distancia de los laureles que se llevaron a sus hijos. El hombre, de 71 años, empieza a hablar antes de que nadie le pregunte y su dolor se desborda. “Salíamos al amanecer y volvíamos al anochecer, cargados con sacos de hojas de laurel”, arranca, con una voz firme que poco a poco empieza a fallar. “No sabíamos quién volvería y quién se quedaría en el bosque”, prosigue, mientras las palabras parecen congelársele en la boca.
En las zonas montañosas de la región costera siria, donde hay importantes comunidades alauíes, las hojas de laurel son hoy algo más que una hierba aromática o la materia prima del famoso jabón de Alepo. Desde que cayó el régimen de Bachar El Asad en diciembre, en estos bosques, muchos se ven obligados a elegir entre arriesgarse a perder la vida o ver morir de hambre a los hijos.
Eyad recuerda el momento en el que tuvo que elegir entre la cosecha y la vida. Este hombre de 42 años, nacido en la aldea de Zama, cerca de Jableh, en el este del país, llevaba todo el día llenando un saco con hojas de laurel cuando comenzaron los disparos. “Dudé si tirar o no la bolsa, incluso en medio de las balas. Me aterrorizaba volver por segundo día consecutivo y mirar a mis hijos sabiendo que no había conseguido la manera de comprar comida”, recuerda. Al final, salió corriendo sin la bolsa. Pero volvió a la mañana siguiente a recoger laurel al mismo lugar.






