Katia nunca había llegado a la cima del Qasiún. Este monte, acrópolis de Damasco, fue durante la guerra una trinchera natural desde la que las tropas de Bachar el Asad disparaban a los rebeldes que avanzaban hacia la capital.
Cuando el régimen cayó en diciembre y el ejército abandonó la zona militarizada, la joven de 21 años no esperó ni una semana para subir. Llegó hasta arriba con los colores de la nueva Siria: un vestido verde, un corsé negro y, envolviéndola, una bandera revolucionaria con tres estrellas rojas mal cosidas en el centro. A su lado, desierto ya, el cuartel de un Gobierno que había matado a 200.000 sirios en los últimos 14 años. A sus pies, Damasco, una ciudad que olía a nuevo.
“Siria es libre. Y la mujer, libre también”, escribió junto al reportaje que subió a Instagram de aquella excursión. Después de que las fuerzas islamistas de Ahmed al Shara llegaron al poder, Katia se negó a interrumpir su vida. Siguió yendo al casco antiguo, donde la conocían como la niña de Bab Sharqui por los días y noches que había pasado en los bares de la Puerta de Oriente. Siguió viendo a sus amigos, fue a fiestas, a mercadillos de Navidad. Hasta que las mismas redes sociales donde había expresado su euforia por la nueva Siria le confirmaron algo en lo que había evitado pensar: esta tampoco iba a ser una Siria para mujeres trans como ella.






