Las pinacotecas encuentran en la cesión de espacios una fuente de financiación y una forma de atraer más público, ganar relevancia y reforzar las relaciones con empresas
Cuando los últimos visitantes, que se hacen los remolones, abandonan el Museo del Prado, llega un momento deseado por muchos de los que alguna vez se han acercado a la pinacoteca madrileña. Poder ver sus obras de arte a solas, o casi. Disfrutar, por ejemplo, de Las meninas, de Diego Velázquez, sin tener que abrirse paso para estar frente a ellas. Puede llegar a sobrecoger al visitante caminar por la galería central del museo con solo unas pocas personas alrededor. Sensación que se repite cuando se deambula por las salas del vecino Museo Thyssen-Bornemisza a primera hora de la mañana, antes de que se abran sus puertas.
Estas visitas privadas están al alcance de quien quiera, y pueda claro, pagar por ellas. O para aquellas empresas que deseen impresionar a clientes y colaboradores con eventos en localizaciones cargadas de arte e historia. Para los museos suponen una fuente de ingresos extra para sufragar sus actividades, además de una forma de llegar a más público, tener relevancia, ser escenario de prestigiosas citas y reforzar relaciones institucionales y empresariales, como explican las fuentes consultadas.








