Llegué a intuir que había dos maneras de instalarse en el mundo: frente a la pantalla doméstica, sin aguardar ya nada de la vida, o frente al infinito, a la espera de un prodigio
Tuve un pariente que tras jubilarse, e hiciera frío o calor, se sentaba cada tarde en la terraza de su casa acompañado de una copa de vino y unos frutos secos y permanecía dos o tres horas con la mirada perdida en el vacío. A mí, que en aquella época era un estudiante de bajo rendimiento, me fascinaba contemplar su quietud improductiva. En cierta ocasión le pregunté qué hacía y dijo que esperar. “¿Esperar qué?”, insistí. “Que se me aparezca Dios, o una ecuación”, respondió....
Lo de Dios me pareció lógico porque pertenecíamos a una familia muy religiosa, y lo de la ecuación también porque había sido profesor de Matemáticas. Lo más difícil de explicar era la asociación entre una cosa u otra, como si fueran semejantes.
Yo le acompañaba en silencio con la fantasía de hallarme presente en el momento en el que se produjera el milagro. Pasado el tiempo y como aquella quietud lo había convertido casi en un místico, le pregunté si se habían manifestado por fin Dios o la ecuación. “Nunca lo sabréis”, dijo, “vete a ver la tele”.






