Traer la gestión ambiental al presente explica cómo nos afecta la emergencia cada día y legitima los cambios necesarios

La falta de avances en los grandes desafíos del presente dificulta atisbar el futuro e instala un presente continuo. La desconfianza con que la ciudadanía mira a las instituciones, a los agentes de intermediación y a sí misma abandona en una suerte de desamparo a un individuo solo y aislado que se siente infinitamente pequeño ante los grandes retos, entre ellos, la crisis ambiental....

Estos días se celebra la COP30 en Belém, en una cita llamada a ser decisiva o quedar en la irrelevancia. Las dificultades geopolíticas son conocidas: EE UU en retirada, el negacionismo al alza y la Unión Europea titubeante y muy lejos del liderazgo que ejerció años atrás. Todos miran a los países emergentes y en particular a China, que bien podría convertirse en líder de la transición y con ella, de la nueva economía.

Pese a todo, sigue habiendo fuerzas que operan a favor de una mayor ambición frente a la crisis ambiental. Una de ellas, no menor, es la de los inversores, conocedores de las enormes oportunidades que ofrece la economía verde, con la energía renovable como gran motor. Otra, la que representa la evidencia. No tanto la científica, aunque acumule datos e informes a marchas aceleradas, sino la vivencial. Cada vez son más los afectados por una ola de calor, incendios de sexta generación, danas mortíferas, huracanes devastadores y sequías desoladoras que han resultado especialmente extremas y recurrentes por la crisis climática. Según estudios del Banco Mundial, 1.200 millones de personas corren riesgo elevado de sufrir las consecuencias de la crisis climática. ACNUR señala que entre 2008 y 2022 el promedio anual de migrantes y desplazados por efectos del cambio climático fue de 24,5 millones, y llegó a 32 millones en 2022, y Germanwatch, en su estudio de 2025, cifra en 4,5 billones de dólares los daños causados por el cambio climático entre 1995 y 2024.