El pacto entre bosniacos, serbios y croatas impulsado por la Administración Clinton demostró cómo detener un conflicto, pero no cómo construir un país fragmentado

El enviado de la Administración de Bill Clinton para los Balcanes, el célebre Richard Holbrooke, era un diplomático de mano dura. Hace justo 30 años el mundo asistía impotente a la guerra más sangrienta de la antigua Yugoslavia: 100.000 muertos en un conflicto que enfrentaba desde 1992 a 1995 a bosniacos, croatas y serbobosnios. Holbrooke metió en la base militar Wright-Patterson, de Dayton (Ohio), a tres líderes, delegados de las tres comunidades enfrentadas. El lugar no fue escogi...

do al azar: estaba lejos de los medios periodísticos, de las presiones políticas, a más de 700 kilómetros de Washington y a unos 8.000 kilómetros de Sarajevo, la capital bosnia.

Holbrooke solía decir que necesitaba un lugar del que “nadie pudiera escapar”. Y allí entraron el 1 de noviembre de 1995 Alija Izetbegovic, presidente de Bosnia-Herzegovina, Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, que representaba los intereses de los serbios de Bosnia, y Franjo Tudjman, mandatario de Croacia. “Las negociaciones eran al mismo tiempo intelectuales y físicas, abstractas y personales, algo así como una combinación de ajedrez y escalada en montaña”, relató Holbrooke en su libro Para acabar una guerra. Los tres dirigentes salieron de la base militar el 21 de noviembre con el acuerdo en las manos, un pacto que se suscribió de forma solemne el 14 de diciembre en París. Y que no dejaba contento a nadie.