Con Messi más omnipresente que nunca y el Camp Nou a punto de abrir sus puertas, el ambiente huele a uno de esos nuevos comienzos que en el Barça se anuncian cada tres meses

A punto de cumplirse 20 años desde la última vez que el Real Madrid sacó las urnas, el Barça vuelve a entrar en precampaña electoral: cada entidad tiene sus propios vicios y los procesos electorales en el club catalán son un poco como las humedades de los pisos antiguos, que siempre están ahí por más que se intente disimularlas. Todavía no se intuye la convocatoria oficial en el horizonte más próximo, ni falta que hace.

-track-dtm=""> No hay necesidad de levantar la mano para hacer volar la primera piedra, ni de registrar candidaturas para agitar un cotarro que viene mezclado de serie. Lo sabe bien Laporta, que nunca la ha abandonado del todo porque, para qué negarlo, es un género que domina.

La reaparición de Messi en el Camp Nou podría ser la señal que todo el mundo estaba esperando, aunque lo nieguen. La prudencia cotiza alto entre una masa social que siempre está tramando revoluciones en silencio, de ahí que nadie se haya atrevido a celebrar en exceso este pistoletazo de salida disfrazado de nostalgia. El mito aterriza, sonríe, se deja fotografiar en el salón de la casa común, y enseguida entran los aspirantes en modo lectura de runas, como aquellos vikingos que no se atrevían a poner un pie en la futura en Inglaterra sin consultar primero a los dioses. Cada gesto de Messi se interpreta con la precisión de un horóscopo publicado en una revista de arquitectura: si guiña el ojo derecho es un gesto de perdón hacia Laporta; si abre demasiado el izquierdo, un susurro en el oído de Font; si mira al suelo, como siempre hacía antes de desatar un infierno, puede que tan solo tenga hambre. En el Barça basta con que Messi duerma en la misma provincia que las oficinas del club para que todo el mundo sienta que algo trama.