El ensayo de la periodista Noelia Ramírez explora el paisaje de los limbos, esos no-lugares que remiten a los orígenes o el espacio dónde se ansía situarse
Null Island es el lugar donde se cruza el meridiano de Greenwich con el Ecuador. En ese punto del golfo de Guinea, posición 0ºN 0ºE, está la llamada Isla Inexistente, donde los sistemas de localización sitúan incontables búsquedas erróneas. La periodista de EL PAÍS Noelia Ramírez nos describe en Nadie me esperaba aquí su particular Null Island: le gustan los limbos, los umbrales, los no-lugares, esa zona de la playa en la que una delgada lámina de agua se desliza entre el mar y la arena; ese territorio intermedio en el que no hay deseo de...
la tierra desde el mar, ni lo contrario, según lo describió el arquitecto Aldo van Eyck. Así es un poco este libro. De un lado es una crónica sobre el desclasamiento, sobre el ansia de aceptación, sobre la asimilación cultural, sobre la escritura —y por lo tanto sobre la autenticidad, el carisma, el desparpajo imprescindibles para adquirir una voz—, sobre nosotros, los charnegos, sobre los dilemas de victimizarse y sobre qué esperamos de nuestras vidas, nada menos. “La honestidad es más salvaje que el cinismo: si algo no me gusta, lo digo; si me gusta, lo digo”, ese es el credo. Ese lado lo convierte en un libro de frontera, en un desgarro como el grito de Munch (“Casi catalana. Casi charnega. Casi pija. Casi choni. Casi víctima. Casi vengadora. Casi madre. Casi escritora”), escrito a bocajarro, con una rabia inconmensurable: hay fuerza en la rabia, y belleza en la fuerza.






