Tras una intensa reforma, el hotel Funchal Oldtown se erige como un puente entre pasado y modernidad a través de guiños constantes a la antigua actividad que ocupó su planta en la isla portuguesa
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que el nombre de Madeira resonaba en las cortes de toda Europa, y no por ser la cuna de
e-supo-seria-millonario-y-se-casaria-con-georgina-rodriguez.html" data-link-track-dtm="">Cristiano Ronaldo. Funchal, la capital de este archipiélago portugués con anatomía exótica y vientos alisios frente a la costa noroeste de África, se apropió durante siglos de la maestría en los bordados. Una tradición textil basada en el rigor y la excelencia de sus artífices, las bordadeiras, gestada entre los primeros poblamientos de la isla durante el siglo XV. Los comerciantes ingleses que se establecieron en Madeira no tardaron en ver el gran potencial que escondían estas delicadas labores de hilo impresas en algodón y lino, con las que confeccionaban de mantelerías a camisas, ropa de cama o prendas para bebé. Fue la hija del mercader Joseph Phelps, Miss Elizabeth, quien impulsó su producción a una escala mayor con la creación de una escuela en su propia casa, donde enseñaba a bordar diseños originales traídos de Inglaterra.






